Una luz al final del túnel

Publicado en 12. ene, 2010 por en Artículos

Apenas a unos 17 meses para el cambio de siglo, el aniversario número 72 de la radiodifusión dominicana nos recibe estrenando la nueva ley de Telecomunicaciones, situación que hace apenas un mes contrastaba ampliamente con el desarrollo tecnológico experimentado hasta el momento y a la apatía para establecer controles mostrada por las autoridades de los últimos 20 años. Apenas a unos 17 meses para el cambio de siglo, el aniversario número 72 de la radiodifusión dominicana nos recibe estrenando la nueva ley de Telecomunicaciones, situación que hace apenas un mes contrastaba ampliamente con el desarrollo tecnológico experimentado hasta el momento y a la apatía para establecer controles mostrada por las autoridades de los últimos 20 años.
La nueva ley “tiene trabajo”. La avidez mostrada por un puñado de personas sin experiencia y ajenas a los medios de comunicación por poseer a como dé lugar frecuencias, convirtió al espectro radioeléctrico dominicano en un verdadero caos.

Para poder desarrollar cualquier actividad es preciso establecer reglas claras y eficientes que corran al paso de los tiempos. Es evidente que hasta el momento de promulgar la reciente ley, en nuestro país las autoridades no enfrentaron este problema debido a una serie de intereses de índole político, económico y social, presentándonos así un panorama caótico para todos los que de una forma seria nos involucramos en los medios electrónicos. La “ingenua quimera” presente en las mentes de ese pequeño grupo sobre la magia que exhiben los medios de comunicación para sus propósitos, primero desdice mucho de su capacidad y sentido común en su proceder de negocios, ya que bien se dice que “no es oro todo lo que brilla” y las audiencias se obtienen con programación profesional y de calidad.

Salvo muy pocos casos el destino de los medios manejados con este criterio regularmente es incierto, porque si bien las nuevas tecnologías han contribuído a que la inversión para el equipamiento de éstos sea razonable, también es cierto que el funcionamiento y operacionalidad de las radiodifusoras requiere de talento, conocimientos profundos del propio medio y sobre todo investigaciones reales y frecuentes de una audiencia exigente y cada día más cambiante. Esto representa elevados costos operacionales que regularmente provienen de las arcas de esos pseudo-radiodifusores por la incapacidad de crear programaciones atractivas y rentables, terminando en la mayora de los casos y para lograr alguna recuperación, poniendo los espacios en manos de una serie de “programeros” analfabetos e incapaces.

Si añadimos el ingrediente de que la República Dominicana con sus escasos 48,000 Kms cuadrados y unos 8 millones de habitantes en donde más de la mitad es menor de edad, es muy poco el margen poblacional del que disponemos para interesar y capacitar al personal que requieren los actuales medios de comunicación, que por la velocidad con que se han multiplicado vergonzosamente somos incapaces de cuantificar a nivel nacional.

¿Qué suponemos esperar y qué pretendemos que pase en esta industria nacional el próximo siglo? Difícil contestar esto hoy día debido al grado de deterioro observado y a la indiferencia que los propios interesados (radiodifusores tradicionales y autoridades) han prestado.

¿Es que estamos condenados a que algo tan delicado y tan importante como el manejo de los medios de comunicación estén expuestos a manos inexpertas que desconocen el alcance de éstos? Si es así, es bueno comenzar a preocuparnos por la educación de las futuras generaciones dominicanas que las escuelas probablemente se esforzarán en tener y que los medios electrónicos al mismo tiempo desaserán. Recuerda eso de que “lo que intentamos hacer con las manos lo echamos a perder con los piés”.

Gracias al desarrollo de la comunicación el mundo se ha convertido en algo velozmente cambiante, la tecnología nos presenta nuevas alternativas a veces en minutos, el público, con accseso a una gran cantidad de información en poco tiempo, exige cada vez más.¿Cuántas estaciones sobrevivirán en el futuro inmediato?.¿Es el caos actual lo que en realidad queremos?.¿En manos de quién debe recaer la responsabilidad de organizar?.

Es lamentable haber contado hasta hoy día solo con interrogantes y no con soluciones. Pero al menos con ellas pretendo dejar en sus mentes la necesidad de construir, al amparo de esta nueva ley, una nueva y eficiente radiodifusión dominicana para el tercer milenio del cual estamos en la antepuerta, acorde con lo que tecnológicamente exhibimos hoy. Porque “en un mundo en donde las telecomunicaciones y la informática avanzan tan rápidamente, hay que avanzar con ellas…”

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