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Si
el universo fuera inmóvil el tiempo físico no tendría sentido, éste sólo
existe cuando hay alguna variación porque el tiempo es la medida del
cambio. Para poder disponer de una unidad o patrón de tiempo es necesario
poder registrar un fenómeno periódico que se presente a intervalos
regulares. La
unidad primitiva del tiempo fue el día, para los primeros habitantes de
la tierra el tiempo comenzaba de nuevo con cada amanecer. Para
los efectos prácticos el día solar es suficientemente uniforme. Se llama
día solar al tiempo empleado por un punto de la Tierra para volver a ver
el Sol en el mismo lugar del cielo. Aunque el día solar depende de la
rotación de la Tierra sobre su eje que es muy uniforme, es más variable
que esta porque la velocidad de nuestro planeta alrededor del Sol es
bastante irregular. Para el uso diario se emplea un promedio denominado
día solar medio. Los
astrónomos utilizan el llamado día sideral, basado en la reaparición
de una estrella por un mismo meridiano. Este día coincide con la rotación
de la tierra porque las estrellas se encuentran a distancias que podríamos
denominar infinitas. En cambio, el día solar dura unos 4 minutos más que
el sideral, porque mientras la tierra da una vuelta sobre sí misma
recorre unos dos millones y medio de kilómetros a lo largo de su órbita
y luego debe rotar casi un grado suplementario para volver a enfocar el
sol. Los
cielos más claros eran los de los desiertos, tierras de pastores nómadas.
Los primeros astrónomos observaron ante todo la periodicidad de la Luna y
los primeros años fueron lunares, es decir, de unos 13 meses de
aproximadamente 27 días y medio cada uno. Pero
el año lunar no convenía a los agricultores. Un error de más de una
semana por año se convertía, al cabo de doce años, en más de un
trimestre. Entonces el calendario anunciaba la llegada de la primavera
cuando apenas comenzaba el invierno. El
hombre necesita subdividir el día, su unidad de tiempo. Ilustres
historiadores nos han revelado las discusiones interminables en los
pleitos, acerca de sí había vencido el plazo para la presentación de un
litigante. Se utilizaron clepsidras (relojes de agua, relojes de arena)
para medir el tiempo. Uno de los instrumentos más sencillos y fieles son
los relojes de Sol, compuestos de una aguja oblicua que durante el día
proyecta su sombra sobre un cuadrante convenientemente dividido. Pero
su dificultad, aparte de su inutilidad nocturna y en los días nublados,
nace de su exceso de precisión. En este sentido, el reloj de sol marca la
hora solar verdadera y no se ajusta al día solar medio, que es nuestra
unidad práctica. La
historia muestra que la rotación de la Tierra se frena casi
imperceptiblemente. Ahora esta diferencia
secular se mide gracias a los cristales piezoeléctricos, como los de
cuarzo. Un cristal es piezoeléctrico cuando al comprimirlo genera
una carga eléctrica. Si se intercala este cristal a un circuito electrónico
oscilante, el cuarzo tiende a vibrar según su propia frecuencia. Si
se sincroniza bien el cristal con el oscilador se obtiene un oscilador con
una frecuencia determinada y de gran precisión. El conjunto constituye el
reloj de cuarzo. Los relojes atómicos más perfectos alcanzan una
exactitud superior de 1/500 de segundo por siglo, lo que significa un
error máximo de un segundo desde la época del hombre Neandertal.
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