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Junio 6, 2003
EL
PERRO Y EL CONEJO
Eran dos vecinos. El primer vecino le compró un conejo a sus hijos.
Los hijos del otro vecino, le pidieron una mascota al padre. El hombre
compró un cachorro de pastor alemán.
Diálogo entre los dos vecinos:
- Pero él comerá a mi conejo!
- De ninguna manera. Piensa, mi pastor es cachorro. Crecerán
juntos, serán amigos.
Entiendo de animales. No habrá problemas.
Y, parece que el dueño del perro tenía razón. Juntos crecieron y amigos
se tornaron. Era normal ver el conejo en el patio del perro y al revés.
Los niños estaban felices con la armonía entre los dos animales.
Un día, el dueño del conejo fue a pasar un fin de semana en la playa con
su familia y el conejo se quedó solo. Era un viernes.
El domingo a la tardecita, el dueño del perro y su familia tomaban la
merienda, cuando entra el pastor alemán a la cocina. Traía el conejo
entre los dientes, todo inmundo, reventado, sucio de sangre y tierra,
muerto.
Casi mataron al perro de tanto agredirlo. Decía el hombre: El vecino tenía
razón, ¿y ahora?
La primera reacción fue agredir al perro, echar el animal, para ver si el
aprendía un mínimo de civilidad. - ¡Sólo podía dar en eso!
Algunas horas más y los vecinos iban a llegar. - ¿Y ahora? Todos se
miraban.
El perro, pobre, llorando allá afuera, lamiendo sus heridas.
- ¿Ya pensaron como quedarán los niños?
- ¡No se sabe exactamente de quien fue la
idea, pero parecía infalible!
- Vamos a bañar al conejo, dejarlo bien limpio, después lo secamos con
el secador y lo
ponemos en la casita en su patio.
Como el conejo no estaba muy roto, así lo hicieron. Hasta perfume le
pusieron al animalito. Quedó lindo, parecía vivo, decían las niños. Y
allá lo pusieron, con las piernitas cruzadas, como conviene a un conejo
durmiendo.
Luego después oyen a los vecinos llegar. Notan los gritos de los niños.
¡Lo descubrieron!
No pasaron cinco minutos y el dueño del conejo vino a tocar a la puerta.
Blanco, asustado.
Parecía que había visto un fantasma.
- ¿Qué pasó? ¿Qué cara es esa vecino?
- El conejo... el conejo...
- ¿El conejo qué? ¿Qué tiene el conejo?
- ¡Murió!
- ¿Murió? ¡Aún hoy por la tarde parecía tan bien!
- ¡Murió el viernes!
- ¿El viernes?
- ¡Fue antes de que viajáramos, los niños lo enterraron en el fondo del
patio!
La historia termina aquí. Lo que ocurrió después no importa. Ni nadie
sabe.
Pero el gran personaje de esta historia es el perro. Imagine al pobrecito,
desde el viernes, buscando en vano por su amigo de infancia. Después de
mucho olfatear, descubre el cuerpo muerto y enterrado.
¿Qué hace él? Probablemente con el corazón partido, desentierra el
amigo y va a mostrarle a sus dueños, imaginando poder resucitarlo.
El ser humano, continúa juzgando a los otros por la apariencia, aunque
tenga que dejar esta apariencia como mejor le convenga.
Otra lección que podemos sacar de esa historia, es que el ser humano
tiene la tendencia de juzgar anticipadamente los acontecimientos sin antes
verificar lo que ocurrió realmente.
Cuantas veces sacamos conclusiones equivocadas de las situaciones y nos
creemos dueños de la verdad?
Esto es para pensar bien en las actitudes que tomamos...y pensar antes,
pues puede ser demasiado tarde.
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